viernes, 11 de noviembre de 2011

La propuesta de la rebeldía

Un hombre observa el reflejo de su imagen en el vidrio de un escaparate, y encuentra a otro hombre mirándolo de frente, y la pregunta que se hace no es si este hombre vive en un mundo de imágenes ilusorias detrás de aquel cristal. Parece sentirse seguro con su teoría de los espejos planos, tampoco se pregunta si no es él mismo el reflejo de un ser real, aquel que lo mira del otro lado, parece estar seguro de su presencia en el mundo de las cosas y no de las imágenes.
Soy yo, le dice en secreto su parte consciente, ¿Soy yo?, pregunta su subconsciente y la conclusión que adquiere como una tabla para un náufrago en medio del mar es que existe, materialmente existe, colocado por un destino incierto en medio de la calle.
Un segundo después este hombre ha cambiado, no es el mismo hombre, es otro alterado por el tiempo, y el hombre que lo sigue mirando de frente tampoco es el otro, el real o la imagen, es otro hombre, distinto al de un segundo antes, pero es tan pequeño un segundo comparado con la vida, que el hombre supone que sigue siendo él mismo, viendo su imagen detrás del vidrio.
Una mujer se detiene a su lado y mira junto a él, la imagen de otra mujer, detrás del cristal y no es una imagen real, es una imagen virtual, que vive dentro de sus ideas.
El hombre que miraba hace apenas un segundo, ya no es el mismo que veía su imagen y no se preguntaba si había otro hombre viviendo en un mundo de imágenes. La mujer parada a su lado lo ha vuelto a cambiar.
Parece que el hombre es el único ser con la capacidad de mirarse en un espejo y, saber que lo que está percibiendo no es otro hombre, la conciencia de una imagen que no existe materialmente, pero que es él mismo, lo diferencia de cualquier otro ser. Este hecho define su autonomía y lo ubica en la espacialidad de la vida, en el aquí…
Y ya en plena conciencia de si mismo, sabiendo que existe y que existen otros junto a el ha de enfrentarse con la otra realidad, la que va de la mano con la espacialidad de su existencia, la que limita sus acciones en el tiempo, la que lo hace planear y soñar: su temporalidad, el ahora…
Estas dos dudas vitales que procuramos no tener en el mundo moderno, han sido el motor de la existencia humana.
El saberse finito en el espacio-tiempo ha provocado que el hombre adquiera distintas posturas ante la vida: desde aquel que pisotea los derechos de los demás buscando sus beneficios particulares, aquel que se resigna y entrega sus angustias a los dioses o aquel que encuentra en su pequeña fracción de existencia el pretexto para vivir plenamente, aunque sea por poco tiempo.
Y así como el ser individual no es eterno, tampoco tendría porque serlo la raza humana en su totalidad, ¿cuál es el objeto de esta existencia en el espacio-tiempo que nos tocó vivir?
Si esta existencia es solo el tránsito a una vida posterior como suponían los griegos y los cristianos, proponía Sócrates que una de nuestras tareas era la de cuidar el alma, para, una vez entregado el cuerpo en este mundo, tener las alas limpias y en condiciones de viajar en busca del Dios de nuestra preferencia, y vivir en el mundo de los conceptos verdaderos. ¿Quizá en el mundo de las imágenes de los espejos planos?
El hombre: “Lo único que debe mirar en todos sus procederes, es ver si lo que hace es justo o injusto, si es acción de un hombre de bien o de un hombre malvado” (Platón, 2009 p.12), y para ello se preguntaba todo el tiempo si su actuar era el adecuado, porque consideraba que no hay mejor ejercicio en la vida que aquel que preserva el cuidado del alma. “Toda mi ocupación es trabajar en persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino, por el contrario, las riquezas vienen de la virtud y que es de aquí de donde nace todos los bienes públicos y particulares.”(Platón, 2009 p. 14).
Más Sócrates a quien debemos la ética, fue muerto a causa de acciones injustas, de hombres malvados, (o quizá equivocados) a quienes no les remordió la consciencia sacrificar a uno o varios o miles de hombres por intereses mezquinos y personales.
Durante mucho tiempo, ante la imposibilidad de explicar la razón de la existencia en un mundo tan ajeno a si mismo, el ser humano delegó en los dioses toda la responsabilidad de su destino.
Pero llegó el tiempo en el que los hombres descubrieron que no eran el Dios Apolo el que mataba a los hombres desde lejos con sus flechas, que no era la furia del Dios católico ni cristiano la que enviaba las pestes y las guerras, que no era la Tierra el centro del Universo, que el mar no terminaba en el fin del mundo, que la tierra era redonda y del otro lado había otros mundos, otros millones de hombres con otros millones de propuestas de rutas en el camino de la humanidad.
El mundo moderno requirió una nueva visión, y esta fue expuesta por René Descartes quien propuso que la existencia del ser humano era el pensamiento, el uso de la razón: “y aquí sí hallo que el pensamiento es un atributo que me pertenece, siendo el único que no puede separarse de mí. Yo soy, yo existo; eso es cierto, pero ¿cuánto tiempo? Todo el tiempo que estoy pensando: pues quizá ocurriese que, si yo cesara de pensar, cesaría al mismo tiempo de existir” (Descartes, 1641 p.14)
Descartes estableció las bases del hombre moderno, un hombre que es a partir de su pensamiento y de su razonamiento, pero no definió el mundo físico que rodeaba a ese hombre, el mundo externo al hombre, y lo dejó incompleto, recurriendo a la vieja consigna de la religión monoteísta: existe un dios, que es bueno y que ha creado el mundo y Descartes no podía dudar de este mundo porque eso equivalía a dudar de Dios.
Nuevamente se encontró el hombre de la acera, parado ante si mismo mirándolo detrás del cristal, sin saber si la imagen era el y si el mundo era real.
Finalmente, el sueño de Descartes y el modernismo murieron con los siglos venideros. La humanidad no viajó hacia la prosperidad que la modernidad prometió a los hombres. Millones de personas murieron de hambre o en las guerras y alimentaron al monstruo de la modernidad que reclamaba la esclavitud al trabajo, a los medios de producción y finalmente al consumo, acabando además con los recursos naturales de la tierra.
Este mundo, siempre ha sido ajeno y hostil para el hombre, esta lleno de criaturas que lo atacan y lo matan, desde las fieras que devoraban a los hombres en el albor de su existencia hasta las bacterias que provocan las enfermedades más mortales.
Su existencia en el espacio-tiempo, es incierta: ha sido propuesta por otros hombres y cambia de esencia según las condiciones tecnológicas, económicas, políticas o culturales.
¿Qué le queda al hombre entonces, lanzado a este mundo hostil, con propuestas ajenas, con esperanzas vanas, sin otra seguridad que la de su propia muerte?
El personaje mitológico de Sísifo, representa al ser humano que se encuentra en guerra contra los sempiternos e injustos dioses olímpicos, que representan al destino.
“Vi de igual modo a Sísifo, el cual padecía duros trabajos empujando con entrambas manos una enorme piedra. Forcejeaba con los pies y las manos, e iba conduciendo la piedra hacia la cumbre de un monte; pero, cuando ya le faltaba poco para doblarla, una fuerza poderosa hacía retroceder la insolente piedra, que caía rodando a la llanura. Tornaba entonces a empujarla, haciendo fuerza, y el sudor le corría de los miembros, y el polvo se levantaba sobre su cabeza” (Homero, 1921 p. 217).
Sísifo, representa la existencia humana en este mundo. Cuando parece haber encontrado la piedra filosofal de la existencia, cuando parece haber hallado el punto de partida y la meta, los acontecimientos lo obligan a volver a replantear su camino. Por detrás están los muertos que han quedado regados en la tierra, por delante pareciera haber alguna esperanza pero incierta, lo único que queda es vivir el presente de la mejor manera. “Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. En el caso de este, vemos solamente todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, empujarla y ayudarla a subir por la pendiente cien veces recomenzada…” (Camus A. 1999 p. 157)
Pero es precisamente ese volver a comenzar, lo que da una alegría momentánea al ser humano. ¡Que felicidad experimentan los hombres cuando oponiendo nuevos paradigmas a los anteriores construyen las nuevas sociedades! Las empresas más grandes son echadas a andar y los hombres se sienten felices de vivir en este mundo. ¿Qué le da fuerza a Benito Juárez y los gigantes de la Reforma, cuando les han entregado un país en ruinas, y los enemigos los acechan detrás de cada matorral?, ¿Qué impulsa al Che Guevara a lanzarse en pos de una nueva aventura cuando podría haber vivido plácidamente en Cuba?, ¿Qué impulsa a Makarenko a hacerse cargo de niños delincuentes en Rusia?
Quizá una sola respuesta, la misma que impulsa a Sísifo a volver a cargar su piedra, ya no por castigo de los dioses, sino porque quiere…”Todo el gozo silencioso de Sísifo está en eso. Su destino le pertenece.” (Camus A. 1999 p. 159).
La rebeldía es posiblemente la respuesta que busca el hombre frente al cristal, esa misma que impulsa a Sísifo a vivir ante el destino que los dioses han trazado para el, es la sonrisa irónica al transportar su piedra. Ha vencido porque ha decidido disfrutar los momentos en que regresa al fondo a recoger su piedra. Los dioses (el destino) han sido derrotados porque lo que hicieron castigo que “era dolor, puede también hacerse con gozo” (Camus A. 1999 p. 158).
El motor verdadero de la dignidad humana es la rebeldía. La rebeldía asumida hacia el destino, la rebeldía del enfermo de cáncer, que lo hace regresar a las sesiones de quimio y radio para vencer a la muerte; la rebeldía que hace revoluciones para cambiar las cosas; la rebeldía de quien decide vivir mejor en los peores tiempos…”Cada uno de los granos de esa piedra, cada fragmento mineral de esa montaña llena de noche, forma por si solo un mundo. La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. (Camus A. 1999)
Al respecto de todo esto, tendríamos que preguntarnos, ¿Para que se educa el hombre?
En estos tiempos, se hace realidad “el mundo feliz” de Aldux Huxley. Los seres humanos son educados para consumir en una sociedad que requiere nuevos consumidores. El humanismo que propusiera Descartes se ha transformado en individualismo, en consumismo y posiblemente en aniquilamiento.
La propuesta contraria es la rebeldía, esa que ha transformado infinidad de veces el pasado humano, esa que es motor de los ideales nobles, la que se puede oponer al mundo tal como está construido.
¿Para qué educar al hombre si no es para cambiar al mundo? y ¿Cómo cambiar un mundo con el que estamos de acuerdo?
La tarea entonces de cualquier educador, no es adiestrar al educando para vivir en un mundo feliz, sino educar para cuestionar el mundo en el que se vive y tratar de transformarlo.

BBIBLIOGRAFIA

1.- Platón (2009). Diálogos: Apología de Sócrates. México. Editorial Porrua.
2.- René Descartes (1641). Meditaciones Metafísicas. Edición electrónica de Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.
3.- Homero (1921). La Odisea. México, D.F. Dirección General de Publicaciones y Medios, Secretaría de Educación Pública.
4.- Camus A. (1999). El mito de Sísifo. Madrid, España. Alianza Editorial.